Hay días en los que una se escucha hablar y no puede más que pensar “Pero bueno, ¿qué me pasa hoy que no paro de gruñir?”
Que si el calor. Que si no se puede aparcar con tanta gente. Que si el café con hielo no está lo suficientemente frío. Que si ahora resulta que para hacer cualquier cosa hay que descargarse una aplicación, confirmar que no eres un robot y volver a introducir una contraseña que jurarías que era esa que acabas de poner, pero resulta que no era esa … o que metiste una mayúscula donde no era … o que para esta aplicación en concreto utilizaste la otra contraseña.
Y así vamos en esos días, soltando pequeñas quejas cada poco, una detrás de otra. Ninguna realmente importante, ninguna que merezca, probablemente, que se reúna un comité de emergencia. Pero ahí están.
Normalmente soy de las que afirman que no soporta a la gente que se queja continuamente, que hay que ser más positivo. Pero luego, sin darme cuenta, están esos días en los que soy yo la primera que lleva una colección nada despreciable de pequeñas quejas en el bolsillo y las va repartiendo.
Las voy repartiendo hasta llegar al momento que abría este post: El momento en el que me escucho hablar y tengo la sensación de estar convirtiéndome en una de esas personas gruñonas que afirmo no soportar. Pero quizá no sea eso, quizá simplemente estoy dejando escapar un poco de vapor.
¡Un momento! ¿Dejando escapar un poco de vapor? Es justo al escribir esto cuando visualizo mi olla a presión. Esa que en los meses de invierno (porque ahora mismo la sola idea de un guiso de cuchara me provoca sudores y no precisamente fríos) está muy activa en la Flossy cocina. Pienso en cómo empieza a calentarse, a hacer ruidos y, cuando ya ha cogido suficiente presión, empieza a dejar escapar vapor en pequeñas dosis con ese “pfffssssss” que todos conocemos, mientras da vueltas el pitorrillo.
A ver si va a ser que nosotros funcionamos un poco igual.
Vamos acumulando pequeñas cosas durante el día. El calor, ese aparcamiento que nos cuesta tanto encontrar, la contraseña que no era esa, el café que no termina de estar a nuestro gusto (y algunos días sospecho que da igual cómo nos lo sirvan, que no va a estar del todo cómo lo queríamos) … Y en los días que estamos así, más gruñones de lo habitual, tensos como una cuerda, necesitamos soltar un “¡Qué calor!” o un “¡Es que esto es de traca!” para que salga un poco de vapor por nuestro pitorrillo y que podamos seguir.
En realidad, con esos gruñidos no hemos solucionado nada. Sigue haciendo calor, vamos ya por la quinta vuelta a ver si quiere aparecer ese hueco en el que aparcar y la dichosa contraseña se nos sigue resistiendo. Pero ¡oye! parece que estamos un poco menos a punto de explotar.
Probablemente el siguiente día que me levante con el pie izquierdo, que puede ser mañana, la semana que viene o quizá dentro de mucho vuelva a quejarme del calor (o del frío, o de la lluvia), de que la impresora en el trabajo se me ha atascado por quinta vez y de que justo ese pan especial que quería comprar ese día se ha agotado.
Cuando lo haga, probablemente en algún momento me vuelva a escuchar y vuelva a pensar eso de “Madre mía, pero que gruñona estoy hoy”. Pero sinceramente, prefiero ir descargando un poquito de vapor de vez en cuando y seguir tranquilamente con lo mío. Eso sí, tendré que ir vigilando que no se me quede el pitorrillo atascado, por si acaso






